Empieza una nueva aventura a modo de Salpicón de Relatos. Para seguirlo, solo has de fijarte en el enlace de al lado. Esta vez los "salpicones" serán algo más largos. Ahora nos sumergimos en otra historia con, aparte del amor, el mar de fondo y mi Isla favortia: Formentera. Espero que os guste.
INTRODUCCION
De lejos rompe el mar en el rompeolas. La brisa despeina mi flequillo y el sol se recuesta sobre el horizonte. Me rasga la mirada rozando mis pestañas. Este paisaje acompaña mis pensamientos, mis miedos y dudas. Me acompaña junto a la soledad del olor a madera vieja que inunda la casa. Y sola contemplo el atardecer.
La casa cuidará de mí este verano, como lo hizo tiempo atrás. Ahora por fin puedo empezar una nueva vida.
Capitulo 1
Creo que ya no me queda ninguna caja por colocar. Eso de las mudanzas no sé porque me parecieron divertidas cuando las veía por la tele, con la casa llena de cajas perfectamente embaladas, que de repente aparecían cargadas en un camión en el que cabían todas y que aparecían en la casa nueva que siempre era mejor que la anterior… Que incrédula. Eso de la tele verdad que es una fantasía continua.
Alba y Greta me ayudaron a meter las cosas en la furgoneta que amablemente nos prestaron en la empresa. Cuando avisé que necesitaba “desaparecer”, se alegraron un poco todos. Nadie soportaba mi humor últimamente y hay un dicho que dice: “quiéreme cuando menos lo merezca, será cuando más lo necesite”. Y eso les pasó a todos… aguantaron el tipo a mi ceño fruncido de por las mañanas y a mis quejas absurdas, como por ejemplo estar el café de la máquina demasiado caliente, por gastarse la sacarina y no reponerla… saltaba por cualquier cosa.
Mi puesto no quedaría desocupado. Marcos conocía a la perfección mis casos y llevaría un buen seguimiento. A los niños del centro les encantaba hablar con Marcos, así que al jefe no le importó dejarme marchar una temporada fuera.
Cuando llegué a Formentera, la Isla me saludó con el vuelo de gaviotas sobrevolando el barco en el puerto. Al desembarcar la furgoneta, divisé la moto de Diego en la puerta de la cantina.
Aparqué aquello lleno de mis trastos y entré en la cafetería. Y allí estaba embelesado con una cerveza entre sus dedos. Hasta que me vio entrar.
-Hola preciosa, ¿cuando has llegado? No te esperaba hasta dentro de un cuarto de hora…-
-Tú siempre tan despistado… te dije que llegaría a las diez y media. ¡¿Y qué hora es?!-
-Me pierden las rubias en el bar, aunque sabes que los morenos son lo mío- dijo dando un trago a su cerveza “rubia”.
-Dónde te has dejado a… ¿cómo se llama? ¿Manuel, Vicente?-
-Mi nuevo ligue se llama Dani pero creo que le daré puerta… no es el mío-
-Diego, ¿cuándo vas a sentar la cabeza? Porque los gays la sentáis, ¿no?- dije dándole un trago a su cerveza.
-Yo soy muy joven para hacerlo nena. Bueno has traído tus cosas, ¿no?- sacó la cartera para pagar – ¿No quieres nada?
-No cariño, tengo muchas ganas de llegar a casa y descargar todo eso. Pero no te preocupes, he traído solo lo esencial.
-Menos mal que tu abuela no vendió la casita. Siempre pensé que serviría para refugio de escritores y corazones rotos-
-Perdona Diego, yo no tengo el corazón roto. Soy la rompecorazones!!-
-Anda, sal- dijo sujetando la puerta para dejarme salir.
Yo en la furgoneta y él en la moto llegamos a la casa. Efectivamente agradecí a mi abuela no haber vendido esa casa. Los veranos que pasé allí me inundaron en cuanto abrí la puerta que crujió como muelle viejo. Parecía que abría la puerta de un castillo. Aunque en parte, aquello era como mi castillo, mi fuerte donde iba a protegerme de todo, a evadirme de todo.
Con ayuda de Diego saqué todas las cajas, bolsas, ropa con perchas… un autentico mercadillo, que dejé tirado en una de las habitaciones.
Saqué de una de las bolsas una botella de vino tinto y del armario pille dos copas. Diego era mi compañero perfecto para ese momento.
Nos sentamos en las sillas de la terraza aun llenas de polvo y con la brisa del verano bajo la sombra del porche y el ruido del mar de fondo, nos contamos nuestras vidas. Conocía a Diego desde la infancia, por mis veraneos en Formentera. Nos llamábamos primos, aunque no lo fuéramos. Nuestros padres vivieron en la misma calle, así que era habitual vernos.
Yo fui a la primera que le contó su homosexualidad. Por suerte, nadie tuvo problemas en aceptarlo. Excepto su novia… menos mal que me tuvo a mí cerca.
Ahora era yo quien necesitaba de él. Necesitaba un compañero de consejos, secretos, confesiones…
Salpicón contado por Helena de Troya