
Se llamaba Javier Linares, un atractivo escultor. Pero le gustó que ella lo llamara sólo Linares, al mas puro estilo de institutriz con vara en mano.
Ella, Katerina, pintora empedernida, callejera y fumadora.
Lo primero que conocieron de ambos fueron sus artes. Él tropezó con uno de sus óleos expuestos en la calle. Su óleo y sus piernas, descubiertas en aquella tarde de Junio. Entablaron pronto una amena conversación, únicamente relacionada con el dominio que tenían ambos en eso de las artes.
-Pásate un día por mi taller, allí podrás ver mis obras- le dijo él.
Y así lo hizo. Una mañana de demasiado sol, Katerina cambió las bambas y lo callejero por perfume y melena suelta. (Y un poco de carmín).
Llegó a aquel sombrío e inmenso taller. Las esculturas femeninas, sinuosas, dolidas, revueltas, se mezclaban y engañaban sus ojos. Le gustaba la mujer, no cabía duda. Por eso y por las varias visitas que recibió de "amigas" encargando trabajos, a saber con qué intenciones. Eso se sabe. Como las suyas, sus intenciones.
¿Por qué acudió sin apenas conocerlo?
Pero pronto lo supo. Sobre una silla andaluza, llena de restos de arcilla, seca y por ello punzante, dejó que Linares la recorriera y la re-esculpiera sobre sí misma. Bajo el vestido desprendió con gran talante aquella pequeña tela rosa.
Ella, extasiada en aquel sombrío taller, que ahora agradecía, se abrió como una mariposa. Él, atrevido se desvistió de aquella camisa blanca y descosida o rota, tal vez por alguna "otra" como ella. Así, sin saberse el uno del otro, se montaron sin la silla de montar, a pelo, a contraluz, a destiempo...
Hasta que Katerina aulló celosa por todas aquellas esculturas por las que Linares resbaló sus manos húmedas. Y él atrevido y despeinado divulgó sobre ella toda su "arcilla"....
Distraída se vistió sólo con esa camisa blanca y rota. Encendió un cigarro y lo observó.
-¿Volveremos a vernos?-
-Seguro-
Helena de Troya




